Al menos 6 horas ya llevábamos dando vueltas, o eso creía, en el desierto después de haber llegado unos días atras del Estado de méxico, meche y yo caminábamos en medio de un lugar desconocido, y completamente enajenados en encontrar una plantita de peyote. Un anciano del pueblo nos había indicado donde podíamos hallar una matita de hikuri, nos aclararó también que debíamos hablarle a la planta después de haberla encontrado y disculparnos porque nos la ibamos a comer, pero no a ella sino a la que hallaramos después de haber encontrado ésta en el camino y entonces el viejo aceptó una maleta de ropa que llevábamos justamente para el trueque con la gente de aquellas comunidades; sin más emprendimos la busqueda y luego sin darnos cuenta ya estábamos totalmente adentrados, solos, en cuestión de minutos nuestras percepciones ibán perdiendo la credibilidad de una razón coherente, caímos en la profundidad de un órden completamente alterno, el sol resplandecía y retumbaba al momento de hacerlo, se podía escuchar el crecer de las matas, y luego todo comenzaba a nacer, crecía y se desvanecía, literalmente era el sucitar de la vida, el desapercibido vaiven constante, ejerciendo la inminencia de una maravillosidad indescriptible. la vasta zona, extensa, guerrera y a la vez tan noble nos devoró al instante y entonces confundieronse todos los papeles de la existencia. Se comenzó a escuchar un sonido de mosca..., moscas y moscas en el desierto; un estxraño mensaje moscuno que nos advertía que la situación era favorable a nosotros y que hallaríamos lo que anhelábamos yendo por una dirección en específico, sin embargo notábase de pronto una rara ambiguedad, es decir que también entedimos que el mensaje era agresivo cual si, en obviedad, invadiesemos su territorio y tratáran de alejarnos...